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Corazón slime

martes, 15 de septiembre de 2020

Corazón slime


     El otro día mis hijos buscaron en youtube el modo de hacer slime, esa masa blandita, tipo flan, que los niños la emplean para jugar. Cuando era pequeño lo llamábamos "blandiblú", que era algo así como un "moco", no necesariamente verde, que se estiraba mucho y que tanto quebradero le daba a las madres que terminaban encontrando pedacitos de la sustancia viscosa pegados en techo, paredes, sofás...

     El caso es que se pusieron a rebuscar por toda la casa para reunir los ingredientes necesarios. Siguiendo las instrucciones que les marcaban en un vídeo titulado "cómo hacer slime casero", fueron mezclando en las proporciones indicadas cola, bicarbonato, líquido para limpiar lentillas y colorante. El primer intento no salió bien pues se rompía con mucha facilidad. La segunda vez tampoco lograron el resultado que, viendo el tutorial, parecía tan fácil de conseguir. La tercera vez no fue, que digamos, la vencida. Y ahí acabó el experimento, aunque estaban dispuestos a buscar nuevas recetas, pero me parecía que ya estaba bien de utilizar ciertos ingredientes que podían tener un mejor empleo.

    El experimento me puso sobre la pista de otro tipo de receta, la receta del, vamos a llamarlo, corazón slime. Si alguna vez habéis cogido el slime habréis comprobado que es una masa muy moldeable, blandita y de un tacto muy agradable (aunque hay gente que no los tocan porque le da repelús) que se va calentando a medida que la aprietas y remueves entre las manos. Un corazón con esas características me parece de lo más humano y saludable.

    Tras una serie de indagaciones me voy a atrever a lanzar una receta casera para tener tu propio corazón slime. 

    Empecemos por un ingrediente fundamental que prevenga endurecimientos en la masa  y logremos así, un punto óptimo de esponjamiento. Efectivamente, uno de los mayores peligros es ir por ahí con el corazón como una piedra. Para ello habría que empezar echando unas gotas, o un buen chorro dependiendo de la sequedad, de cariño por uno mismo. Cuando me paro y me dedico unos momentos en los que no emito juicio y rebajo mi nivel de autoexigencia, la cosa como que se afloja, como que vuelve a fluir el ánimo, las fuerzas. Una lluvia de autocompasión refresca y renueva. Probadlo.

    Y esa falta de juicio y comprensión hacia una/o misma/o, que tanto refresca e hidrata, es necesario aplicarlo de igual manera a las demás personas. Hay muchas capas que recubren las paredes del corazón y no dejan que penetre lo que sienten, padecen y aquello que hace vibrar a las personas que nos rodean, ya se encuentren próximos o lejanos a nosotros. Sólo abriéndonos a lo que le pasa a los demás, dejando que nuestra vida se riegue de sus alegrías y tristezas, sus miserias y esperanzas, disminuiremos esa sequedad tan poco acogedora.

    Hay que tener cuidado que el corazón slime no se rompa y desintegre. Si ocurriera podemos hablar de falta de consistencia. Posiblemente se deba a que las proporciones no están bien ajustadas del todo y tenemos exceso de algún factor y escasez de algún otro elemento con el que hemos racaneado un poco más. Aquí lo que nos interesa es recuperar la armonía. Hay un momento para trabajar, otro para descansar, otro para estar simplemente presente, sin más pretensiones, otro para soñar, para llorar, para cuidar y otro para pedir que te echen un cable...

    Puede ser también que nos encontremos con un corazón slime apagado, al que le falte color, brío. A veces andamos con un tono más bien bajo, como arrastrando los pies, que todo se nos hace cuesta arriba. Qué desánimo el que nos invade cuando la realidad terca se nos planta delante con toda su crudeza y sentimos que nos roba las ganas de seguir avanzando. Una vez leí una frase que decía "el obstáculo es el camino". Venía escrito en una carta que nos repartieron al comienzo de un taller de biodanza. La verdad es que, en ese primer momento, no me gustó la frase pero luego me pareció que encerraba un mensaje que podría hacerme mucho bien. Descubrí una nueva lectura que me llevaba a encontrar en esas dificultades y adversidades que llegan a nuestra vida un camino, una oportunidad de aprender nuevos modos de afrontamiento.

    Están son algunas sugerencias, nada más, para que tu corazón slime pueda darte mucho juego, y te ayude a disfrutar de la vida más plenamente. Seguro que cada cual dará con la mejor receta para conseguir ese punto de blandura y plasticidad que todo corazón sano, bien esponjado y fresco debe tener. 

    Animo y abrazos!!

jueves, 20 de agosto de 2020

Y NOS DIO CALABAZAS...



Cristina dice que lo importante no es tanto el resultado, sino la consistencia y profundidad de nuestros deseos. 

Cuando pusimos en marcha el proyecto de huerto el año pasado, escuchamos de parte de algún entendido en la materia, y conocedor del terreno donde plantaríamos nuestras verduras y hortalizas, lo que nos iba a pasar irremediablemente: "de ahí no vais a sacar nada". ¡Menudo pronóstico! ¡Si además no le habíamos pedido su opinión!!

Para inexpertos como nosotros aquel comentario nefasto, de alguien que conocía el campo, podría haber sido suficiente para haber dado marcha atrás. ¿Qué necesidad teníamos de complicarnos la existencia teniendo tan a mano en la frutería del barrio todo lo que queríamos plantar?

Pero no nos detuvimos. ¡Nos crecimos ante las dificultades!

El empuje de nuestro deseo, unido a la generosidad y las facilidades de quien nos prestaba generosamente el pequeño trocito de tierra fue más fuerte que los malos augurios iniciales que nos habían lanzado. 

Teníamos ganas de saber lo que era labrar la tierra. 

Nos hicimos, antes de nada, con un "zacho" para ponernos a remover bien el suelo. Parecíamos hasta hortelanos de verdad. Nuestros hijos también se unían a las labores. Afortunadamente, dado nuestro empeño y constancia, recibimos curiosamente lecciones de la misma persona que al principio no veía mucho futuro a la empresa en la que nos embarcábamos, pero que no le quedó más remedio, posiblemente por no soportar ver lo desencaminados que íbamos en nuestros comienzos de horticultura, a darnos clases de como coger el zacho, de que manera preparar el compost, perfilar los surcos, los camilleros donde sembrar los plantones, el modo de regar...

Contactar con el campo, aprender a cultivar, acercarnos a la tierra y aumentar nuestro amor por la naturaleza nos sostenía y nos daba fuerzas para seguir en el empeño.

Luego vino el estado de alarma, el confinamiento. Y entonces se produjo el milagro de recolectar lo que no plantamos.

A principios de marzo, antes de que nos metiéramos todos en casa de forma imprevista, removimos la tierra mezclando muy bien el compost que habíamos generado. Mientras estábamos en casa, sin poder salir, llegó abril con sus aguas mil y regó el huerto abundantemente. Cuando volvimos, en las semanas de desescalada, habían crecido por su cuenta patatas y calabazas. ¡Sorpresas que te da la vida!.

Después de casi un año de andadura hemos recogido acelgas, cebollas, lechugas, algunos tomates, un ajo - "ajo único" - y muchas, muchísimas,  calabazas. A parte, estamos a la espera que sigan creciendo algunos pimientos que tenemos plantados. 

El huerto es un REGALO del campo, del agua, la tierra y sus nutrientes, el sol... y de las personas que nos brindan la oportunidad de cultivar en su terreno y de aquellas otras de las que aprendemos lecciones caseras de horticultura. La generosidad de todas ellas y nuestro deseo han hecho posible crear este maravilloso espacio para mancharnos las manos y sentirnos tan agradecidos.



viernes, 3 de julio de 2020

Número privado

 

    “Número privado es el extraño nombre que me anuncia que ya no estás conmigo, que te has ido para siempre. Me devuelve a la dura realidad de tu adiós.

    Al dar paso a la llamada me doy cuenta de mi realidad amarga e incomprensible. Me abre al vacío que has dejado en mí. Me golpea una pena honda que duele por la manera en que te has ido. La impotencia que siento me aplasta y me atormento por no haber podido despedirme, por esta maldita soledad que, sin previo aviso, se interpuso entre tú y yo.

    Un número privado que me hace experimentar con dolor tu inesperada partida, el sufrimiento por no poder volver a tocarte, ni abrazarte, ni expresarte a mi manera cuanto te quiero.

    Un número privado que viene acompañado de una voz pausada y cálida que me nombra. Pero ya no soy la misma persona. Una parte de mí se fue contigo y ahora mi corazón está roto y vacío.

    Un número privado que hace brotar lágrimas de desolación porque me faltas. No hay consuelo porque te has ido para siempre, y aunque sé que la vida es así, ya nada puede ser igual si me falta lo más importante.

    Un número privado que destapa mi dolor y lo vuelve menos oculto, más compartido.”



* Según el protocolo las llamadas realizadas por las personas voluntarias, que hemos colaborado en el programa de apoyo a familiares de fallecidos por covid-19 coordinado desde Salud Mental, deberían aparecer como número privado para salvaguardar la privacidad del voluntario/a.

Quiénes hemos tenido ocasión de participar en dicho programa para aliviar tanto dolor y sufrimiento, hemos acompañado la gran cantidad de recuerdos entrañables, dolor, rabia, desolación, culpa, etc., que las personas, al descolgar su teléfono, manifestaban tras la muerte de sus seres queridos.

Y todas esas emociones y vivencias que afloran en el duelo, con el añadido de las circunstancias  excepcionales que han acompañado las muertes por esta enfermedad, han podido ser compartidas para aliviar tanto desgarrro y dolor.

martes, 9 de junio de 2020

"Todos" somos la solución






Escrito por José Luis Hinchado.



Llevo tiempo pensando si “heredé lo de actuar como el cabeza de familia”. Creo que no fue así, quizá porque en mi familia mi padre, por su carácter, no ejercía de tal y sí lo hacía mi madre, también por su carácter. Si embargo, a pesar de que mi familia podía definirse como más cercana a un matriarcado, no cabe pensar que estuviera libre de los esquemas machistas. Y eso a pesar de que mi madre sufrió durante toda su vida la infravaloración materna frente a su hermano menor, únicamente por razón de su sexo, pues los enormes esfuerzos que realizó desde niña por lograr el amor y reconocimiento de su madre sólo eran comparables al desprecio y a los dolorosos desplantes que continuamente recibía por parte de ella.

De este modo fui educado en una familia en la que el hombre no sólo no tenía que cuidar de otro miembro de la familia sino que ni siquiera cuidaba de sí mismo. De ese modo llegué a mis 19 años a Salamanca, como estudiante, sin haber hecho jamás un huevo frito y con la angustia de entrar en una tienda de ropa y no saber qué me gustaba porque la ropa siempre me la compraron mi madre y hermanas. Pero fue allí también donde descubrí la cocina, como algo que me satisfacía y que ponía al servicio de los demás siempre que podía. Es razonable pensar que todos tenemos facultades suficientes para hacernos cargo, cuidar, de nosotros mismos y de los demás, pero las tenemos “dormidas”, no desarrolladas, lo que supone un empobrecimiento personal, pero también comunitario, como sociedad.

A partir de entonces, una vez ganada mi autonomía, nunca he renunciado a hacerme cargo de mis necesidades básicas cotidianas y también de las de otros. Y en ese “ocuparme” me expreso y desarrollo como persona. Nadie me ha hecho nunca el equipaje y en casa, en la que mi pareja y yo trabajamos, tenemos un reparto “natural”, por gustos, de las tareas necesarias para la familia, en el que ninguno se desentienda totalmente, psicológicamente, de ningún aspecto, si bien, como es lógico, cada uno está más pendiente de las tareas que realiza.

Una sociedad machista supone un empobrecimiento para mujeres y hombres porque impide que ambos desarrollemos nuestras capacidades y gustos. Esto es algo que no se suele poner sobre la mesa; que todos, hombres y mujeres, somos víctimas del machismo. Sin duda porque esta consecuencia no es comparable a la obscena desigualdad e injusticia de que sufren las mujeres, víctimas preferentes, a las que les va la vida en ello.

Sin embargo, creo que la certeza de que “todos” perdemos con este sistema patriarcal es una clave importante para andar camino en esto de transformar nuestra sociedad machista. A la última manifestación del día de la mujer acudimos toda la familia. Una vez de vuelta en casa, mientras comíamos, preguntamos a mis hijos qué les había parecido, y el pequeño, de once años, expresó “no entiendo por qué se metían con nosotros, si yo no he hecho nada”. Naturalmente, se refería a él como hombre. 

Todos podemos coincidir en la necesidad de una igualdad real de derechos y oportunidades para hombres y mujeres. Pero enfocar la solución desde una lucha feminista que “deja fuera” o “pone enfrente” a los hombres es un camino con poco recorrido. Porque el problema no es solo, ni principalmente el hombre como tal, sino un sistema del que todos participamos, y con el que todos perdemos, y del que “todos” somos la solución.


martes, 2 de junio de 2020

El sueño y el guiño

    Fue en un sueño. Se me reveló una faceta de mi padre desconocida para mi. Con su gesto abrió una ventana que me permitió respirar.
    En el sueño, mi madre se dirigía a mí reprochándome alguna cosa, no sabría poner en pie de que se trataba. Ella, algunas veces, se mostraba muy puntillosa con las cuestiones de casa. Le gustaba mucho el orden y tenía tendencia a buscar la perfección, que por otro lado es imposible alcanzar. Me temo que he heredado algo en este sentido. Recuerdo alguna vez, ayudándola a colocar las cortinas del salón de casa. Me tenía tirando de aquí y de allá, subiendo y bajando de las escaleras hasta que todo estuviera en su sitio, que quedara bien disimulada la barra, que las pliegues cayeran donde tenían que caer, etc. Se volvía en ocasiones muy cansado no parar hasta encontrar el punto exacto. 
    Bueno, pues la otra noche me soñé que me estaba echando un sermón y que mi padre se encontraba justo detrás de ella. Mientras me echaba el rapapolvo él, disimuladamente, me hacía un gesto de complicidad, un pequeño guiño que venía  a decir algo así como, “ya conoces a tu madre, no le hagas mucho caso”. Mi padre compinchándose conmigo para que pasara del asunto!! Eso sí que era novedoso, sorprendente, pues no había mostrado esa actitud de manera explícita, al menos que fuera consciente, en vida. Me invitaba a no tomarme tan en serio ese enfado de mi madre por algo que, realmente, no era tan vital. Me gustó esa camaradería que me ofrecía; lo sentía como una liberación, un respiro que me permitía aflojar.
    Curiosamente, durante el confinamiento a causa del coronavirus, he dejado hacer a mis hijos cosas, imagino que como otras muchas familias, que normalmente no suelo dejar que hagan: saltar y dar volteretas en la cama, chillar y cantar todo lo fuerte que quisieran en el balcón, jugar al fútbol en el salón y bailar con la música a toda pastilla... La nececesidad imponía el nuevo orden, o desorden, y la situación de enclaustramiento invitaba a relajarse, a bajar la guardia y permitir que encontráramos nuevas salidas a la presión que nos producía el encierro forzoso.
    En verdad, nada es tan importante. Bueno sí, querer y ser querido es importantísimo pero, a partir de ahí podemos liberarnos y decir con tranquilidad que “nada es tan importante”. Se queda uno muy a gusto esquivando airosamente las protestas, las que nos vienen de fuera y de nuestro interior, por no guardar escrupulosamente el orden y actuar de manera perfecta.
    Gracias papá por echarme un capote y ayudarme a no tomarme las cosas demasiado en serio.

martes, 5 de mayo de 2020

"MUJERES QUE AMAN"

Desde hace un tiempo que me intereso por el feminismo. Me siento llamado a conocerlo más y más a fondo. Cada vez oigo más charlas, leo artículos, entrevistas y algún que otro libro escrito por mujeres feministas.

Muchas veces me he preguntado por el origen de mi interés y la causa que despierta mi disposición a escuchar y acoger estas voces y miradas feministas. Serán muchas las motivaciones y creo que una de ellas es el hecho de que el feminismo reivindica un modo de «estar» que genera humanidad. Y esto es una necesidad imperiosa.

El apoyo a las mujeres, tomar una postura activa en su tarea de emancipación, requiere dejar atrás prejuicios y muchas barreras, tanto para los hombres como para las mujeres. La jerarquía que el patriarcado hace que nos parezca tan natural colocar al varón por encima de la mujer está de tal manera interiorizada, que la reproducimos en nuestros actos cotidianos sin que apenas seamos conscientes. 

Desvelar esas trampas sutiles que nos lleva a perpetuar un sistema injusto es uno de los propósitos del libro Mujeres que aman, de Rosa María Belda. Es un libro, como dice la autora, para ellas y también para ellos. Nos falta mucho por recorrer y aprender a unas y a otros. 

Los cambios se producen muy lentamente. A veces, parece que casi no hay avances. A pesar de convertirnos en una sociedad, en teoría igualitaria, se siguen manteniendo, en la práctica, abusos y violencia hacia las mujeres en todos los ámbitos de la sociedad.

Esta transformación requiere poner en tela de juicio los estereotipos de género con los que nos seguimos identificando y que acaban haciendo que la balanza se decante a favor de los hombres. Porque como dice Teresa Forcades es preciso “avanzar más allá de los procesos infantiles de individuación que tienden a reducir nuestro ser personal a los estereotipos de género de la `feminidad´ (una supuesta capacidad de `amar´ que excede nuestra capacidad de ser `libres´) o de la `masculinidad´ (una supuesta capacidad de `ser libres´ que excede nuestra capacidad para `amar´)" 

En un encuentro con una mujer que enviudó hace años tras soportar maltratos de su marido, ella me decía: “estoy muy machacada por la vida. No estoy para cargar con los problemas de mi hija y su familia, no tengo la misma fuerza de cuando tenía cuarenta años. Ya no estoy para eso, necesito calma, un poco de estabilidad”. Esta mujer tenía la conciencia tranquila de haber ofrecido todo lo que tenía a su alcance para ayudar y apoyar a los suyos. Sacó adelante sola, con mucho esfuerzo y con heridas profundas del pasado, a sus tres hijos. Hoy estas heridas ya no supuran, no causan tanto dolor y sólo busca tranquilidad y que no se despierten los fantasmas de un pasado de abusos y violencia. Es lícito concederse un respiro, disfrutar de una libertad y un sosiego que se le negó a lo largo de una historia llena de sacrificios, sometimientos y mucho sufrimiento. No se puede poner ningún “pero” al disfrute de todo el descanso que hasta ahora le ha sido negado y le pertenece en justicia. 

La vida de esta mujer, como la de tantas otras, es muy dura. Convivir con heridas del pasado no es nada sencillo y supone un camino largo de curación e integración. Las heridas y los mandatos de género están ahí y son parte de la historia de cada persona. Pero las mujeres, como nos enseñan cada día, no se detienen por ello. Como se dice en el libro “la ausencia de determinantes de la libertad es imposible, pero al menos, podemos intentar con cada decisión, librar esta batalla, romper alguna cadena, conquistar un nuevo territorio, arrancárselo al fatalismo, al determinismo y a la desesperanza”. 



El horizonte al que aspira el feminismo, el de la emancipación de las mujeres, me parece urgente, justo y muy necesario. Ese horizonte de justicia y libertad que reivindica se suma a la causa en favor de tantas personas y colectivos que claman por su reconocimiento y dignidad.

Estoy convencido de que el soplo fresco del feminismo nos humaniza y nos ayuda a vivir con más libertad y plenitud. 

jueves, 16 de abril de 2020

Espacio "Escucha"

Desde el Centro de Escucha San Camilo Guadalupe de Badajoz, somos conscientes que hacemos lo que podemos para atender a las personas que demandan nuestro acompañamiento. Esta atención, que en estos momentos es realizada telefónicamente, aún teniendo sus limitaciones trae indudables beneficios. Es un alivio para las personas que, en estos tiempos tan duros y difíciles, sufren el aislamiento, la soledad y el sufrimiento por la pérdida de un ser querido.

Cómo decía, tenemos claro que nuestra contribución es pequeña, pero no queremos dejar de ofrecer todo el apoyo emocional y cercanía de la que somos capaces, aún en la distancia. Todos los esfuerzos por mitigar y hacer lo más llevadero posible el dolor y el sufrimiento, creemos que merece la pena.

A mí, personalmente, esta experiencia me hace tomar conciencia de algo nuevo. Siento que estoy escuchando de manera más humilde; quizá porque a todos nos alcanza esta situación de crisis y nos encontramos expuestos, en distintos grados, a la enfermedad.

Estamos ante la ocasión de hacernos conscientes de nuestra vulnerabilidad compartida. Somos barro y nos necesitamos. No podemos vivir de una manera digna sin una red de apoyo que nos cuide, nos proteja y nos sostenga.

Qué oportunidad para caer en la cuenta de esto y renovar nuestra mirada para ser capaces de vernos como una sociedad vulnerable, frágil y necesitada que, al tiempo, puede ofrecer en este caso su capacidad de escucha y acompañamiento que recompone y humaniza, tanto a la persona escuchada como al que escucha.

Muchas gracias al equipo de voluntarios del Centro de Escucha donde se vive ese espacio de acogida y cuidado mutuos que deseamos sembrar en toda la sociedad; gracias a la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe de Badajoz que nos da soporte y apoyo; y gracias a todas aquellas personas, grupos e instituciones con las que nos "enredamos" para ofrecer lo mejor de nosotros en favor del bien común.